Del rendimiento del alumno a la cultura formativa: una mirada pedagógica desde los Factores Humanos
En aviación hablamos con frecuencia de rendimiento, exigencia, disciplina y resultados. Son conceptos necesarios en un entorno donde la seguridad operacional exige precisión, responsabilidad y altos estándares de desempeño.
Sin embargo, cuando analizamos el rendimiento de los alumnos en una escuela de formación aeronáutica, no podemos reducir la explicación a una única variable: la motivación individual.
Decir que un alumno no progresa porque “no está motivado” puede ser una explicación demasiado simple para un fenómeno mucho más complejo. Desde una mirada pedagógica, la motivación no es solo una cuestión de voluntad personal. También se rige por el contexto, la metodología , el tipo de feedback que recibe el alumno, su percepción de competencia, la claridad de los objetivos y por la forma en que la organización acompaña el proceso de aprendizaje.
La motivación, por tanto, no debería entenderse únicamente como algo que el alumno trae o no trae (intrínseca). También es algo que el sistema de enseñanza puede favorecer, degradar o sostener. La motivación no es una variable única
Desde la teoría de la autodeterminación, Ryan y Deci explican que la motivación puede adoptar diferentes formas. No es lo mismo estudiar por interés, por comprensión y por sentido personal que hacerlo únicamente por presión externa, miedo al suspenso o necesidad de cumplir una expectativa.
En términos pedagógicos, podríamos diferenciar entre motivación intrínseca, motivación extrínseca y ausencia de motivación.
La motivación intrínseca aparece cuando el alumno se implica en una tarea porque encuentra interés, sentido o satisfacción en el propio proceso de aprendizaje.
La motivación extrínseca aparece cuando la conducta está orientada por una consecuencia externa: aprobar, evitar una penalización, obtener reconocimiento o responder a una presión.
La ausencia de motivación aparece cuando el alumno deja de percibir relación entre su esfuerzo y los resultados que obtiene. En ese punto, puede aparecer una sensación de bloqueo, indefensión o desconexión con el sistema de enseñanza.
En entornos de alta exigencia académica, como ocurre en muchas fases de la formación aeronáutica, el alumno puede pasar de una motivación inicial elevada a una motivación controlada o incluso a una situación de desgaste. No necesariamente porque no quiera aprender, sino porque puede dejar de percibir que dispone de estrategias eficaces para responder a la exigencia.
Aquí la organización tiene un papel fundamental.
Exigir no es lo mismo que generar aprendizaje
La exigencia es necesaria en aviación. Nadie discute que un piloto debe formarse con rigor, criterio y responsabilidad. Pero desde el punto de vista pedagógico, exigir no equivale automáticamente a enseñar.
Una escuela puede elevar la presión, aumentar el número de pruebas o ser muy exigentes en el diseño de los criterios de evaluación. Pero si no existe un sistema de seguimiento, feedback y apoyo al aprendizaje, esa exigencia puede convertirse en un filtro, no necesariamente en un proceso de desarrollo competencial.
Formar no es solo comprobar quién supera una prueba.
Formar es diseñar condiciones para que el alumno pueda progresar, autorregular su aprendizaje y transformar el esfuerzo en competencia observable.
El problema aparece cuando se interpreta cualquier dificultad del alumno como falta de actitud, falta de disciplina o falta de motivación, sin analizar previamente si el sistema formativo está generando las condiciones adecuadas para aprender.
La evaluación formativa o de proceso: una herramienta de calidad
En pedagogía, el feedback no es un comentario final ni una corrección superficial. Es una información que permite al alumno comprender dónde está, hacia dónde debe avanzar y qué necesita modificar para mejorar su desempeño, esta inofrmación la proporciona la evaluación formativa, también llamada de proceso, que debe estar presente en todos los procesos de enseñanza y aprendizaje.
En formación aeronáutica, esto es especialmente importante. El alumno no solo necesita saber si ha aprobado o suspendido. Necesita entender qué procesos cognitivos, técnicos o actitudinales están influyendo en su rendimiento.
¿Ha comprendido el objetivo de aprendizaje?
¿Sabe qué criterio se está aplicando?
¿Identifica el tipo de error que comete?
¿Dispone de estrategias para corregirlo?
¿Puede transferir lo aprendido a una situación nueva?
¿Está desarrollando competencia o solo memorizando contenido?
Cuando el feedback es insuficiente, tardío o poco específico, el alumno puede seguir esforzándose sin mejorar. Y cuando el esfuerzo no se traduce en progreso, la motivación se deteriora.
Por eso, escuchar al alumno no significa bajar el nivel.
Significa obtener información sobre cómo está funcionando el proceso de enseñanza-aprendizaje.
Autorregulación del aprendizaje en contextos de alta exigencia: las habilidades metacognitivas como respuesta a un aprenidzaje significativo.
Uno de los objetivos de una formación de calidad es que el alumno aprenda a autorregularse. Esto implica planificar el estudio, monitorizar el propio progreso, identificar errores, ajustar estrategias y evaluar los resultados obtenidos.
Pero la autorregulación no aparece de forma espontánea en todos los alumnos. También se enseña con el objetivo de que el alumno als ingtegre como habilidades metacognitivas.
Un alumno puede tener muchas horas de estudio y, aun así, utilizar estrategias poco eficaces. Puede memorizar sin integrar. Puede repetir tests sin comprender el razonamiento. Puede estudiar más, pero no necesariamente estudiar mejor.
En este punto, la organización formativa tiene una responsabilidad pedagógica clara: ayudar al alumno a transformar el esfuerzo en aprendizaje estratégico.
No basta con decirle “tienes que estudiar más”.
A veces hay que enseñarle cómo estudiar, cómo revisar errores, cómo organizar la carga de trabajo, cómo interpretar los resultados de una prueba y cómo ajustar su estrategia antes de que el bajo rendimiento se consolide.
Del clima de presión al clima de aprendizaje por competencias
La orientación motivacional también importa. Un entorno formativo puede promover una orientación centrada en el aprendizaje o una orientación centrada exclusivamente en el rendimiento.
Cuando el clima se centra solo en la calificación, el alumno tiende a interpretar el error como amenaza. El suspenso se convierte en una etiqueta. La dificultad se vive como fracaso. Y la evaluación deja de ser una herramienta para aprender y pasa a ser únicamente un mecanismo de clasificación.
En cambio, cuando el clima formativo se orienta al desarrollo de competencias, el error se analiza, el feedback se utiliza y la evaluación se convierte en parte del aprendizaje.
Esto no significa eliminar la exigencia.
Significa hacerla pedagógicamente útil.
La exigencia bien diseñada permite crecer. La exigencia sin acompañamiento puede bloquear, desgastar o seleccionar sin desarrollar.
Una analogía desde los Factores Humanos
En Factores Humanos se utiliza el concepto inglés hazardous attitudes para describir determinados patrones de pensamiento que pueden afectar a la toma de decisiones del piloto. En español, el término “actitudes peligrosas” puede sonar demasiado fuerte fuera del contexto técnico, por lo que quizá sea más adecuado hablar de actitudes o dinámicas de riesgo.
Lo interesante de este concepto es que no se utiliza para culpabilizar, sino para observar patrones que pueden comprometer el rendimiento y la seguridad si no se identifican a tiempo.
Quizá esta misma lógica puede ayudarnos a observar también a las organizaciones formativas.
No para acusar a las escuelas.
No para restar responsabilidad al alumno.
Sino para ampliar el análisis.
Porque una organización también puede desarrollar dinámicas que limiten el aprendizaje: pensar que el sistema funciona porque siempre se ha hecho así, interpretar el feedback del alumno como una queja, asumir ciertos niveles de fracaso como inevitables o confundir dureza con calidad formativa.
Estas dinámicas no siempre son intencionadas. Pero pueden tener consecuencias.
La organización escolar también forma parte del rendimiento
Desde una mirada sistémica, el rendimiento humano nunca depende de una sola variable. Depende de la persona, pero también del entorno, de la carga de trabajo, de la comunicación, del liderazgo, del diseño de la tarea y de la calidad del feedback.
Si aplicamos este enfoque a las operaciones de vuelo, también deberíamos aplicarlo a la formación.
Una escuela no es un elemento externo al rendimiento del alumno. Forma parte del sistema que lo produce.
Por eso, cuando aparecen patrones repetidos de bajo rendimiento, dificultades de progresión, bloqueos o pérdida de motivación, la pregunta no debería ser únicamente: “¿qué les pasa a los alumnos?”.
También deberíamos preguntarnos:
¿Qué información nos están dando estos resultados?
¿Qué tipo de feedback están recibiendo?
¿Qué estrategias de autorregulación se les están enseñando?
Qué relación existe entre objetivos, metodología y evaluación?
¿Estamos evaluando aprendizaje o solo registrando calificaciones?
¿Estamos desarrollando competencias o únicamente filtrando alumnos?
Alinear objetivos, metodología y evaluación
Una formación de calidad necesita coherencia interna. Los objetivos de aprendizaje deben estar claramente definidos, las actividades deben permitir alcanzarlos y la evaluación debe medir aquello que realmente se pretende desarrollar.
Esto es especialmente importante cuando hablamos de competencias.
No se puede pedir pensamiento crítico, toma de decisiones, conciencia situacional o gestión de la carga de trabajo si el diseño formativo solo promueve memorización, repetición o preparación mecánica para superar pruebas.
El rendimiento mejora cuando el alumno entiende qué se espera de él, recibe oportunidades reales para practicar, obtiene feedback útil y puede comprobar su progresión.
La calidad formativa no está solo en exigir mucho.
Está en alinear bien lo que se enseña, cómo se enseña, cómo se acompaña y cómo se evalúa.
Formar no es solo filtrar
Las escuelas de aviación tienen una responsabilidad evidente: formar profesionales capaces de operar en entornos complejos, exigentes y seguros.
Pero formar no es únicamente filtrar.
Filtrar puede ser necesario en determinados momentos. Sin embargo, si una organización convierte toda la formación en un filtro permanente, corre el riesgo de olvidar su función principal: desarrollar competencias.
Aumentar el rendimiento de los alumnos no consiste solo en pedirles más motivación o más esfuerzo. Consiste en diseñar mejores condiciones para que ese esfuerzo se transforme en aprendizaje.
Esto implica seguimiento, feedback formativo, criterios claros, intervención temprana, metodologías alineadas, análisis de resultados y una cultura donde el error no se oculte ni se interprete automáticamente como falta de compromiso.
Porque el error, en formación, también es información.
Y una organización que sabe leer esa información aprende mejor sobre sus propios procesos.
Conclusión
La motivación del alumno importa. La disciplina, la constancia y la responsabilidad individual son imprescindibles en la formación aeronáutica.
Pero no son suficientes para explicar todo el rendimiento.
Desde una mirada pedagógica, el rendimiento del alumno también depende de cómo se estructura el aprendizaje, de cómo se ofrece feedback, de cómo se evalúa, de cómo se acompaña la dificultad y de cómo la organización responde cuando aparecen señales de bloqueo o bajo desempeño.
En aviación sabemos que los resultados humanos deben analizarse desde una perspectiva sistémica.
Quizá ha llegado el momento de aplicar esa misma mirada a la formación.
No para bajar el nivel.
Sino para elevar la calidad del proceso.
Porque una escuela que observa, escucha, ajusta y aprende de sus propios resultados no está siendo menos exigente.
Está actuando como una organización formativa madura: una organización capaz de transformar la exigencia en aprendizaje, el feedback en mejora y el rendimiento en desarrollo real de competencias.
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